Como decía la madre del corredor de celuloide que cruzaba a pelo y sin parar los estates de derecha a izquierda, viceversa y vuelta a empezar, cuando el susodicho apenas merodeaba la edad del pavo: “la vida es una caja de bombones…”.
No recuerdo a cuento de qué lo decía la buena señora pero ya que lo he escrito lo dejo por si se os ocurriese algo; anoche, con las calles extrañamente vacías de transeúntes, como cuando se juega el partido del milenio, llegué peripuesto y enzapatillado a las puertas del Retiro para encontrármelas cerradas; “horario de invierno: 6:00 a 22:00” rezaba una artística placa atornillada a la verja, mi gozo en un pozo, “bueno pues te toca correr por la acera”.
Siguiendo la verja como Pulgarcito las migas de pan llegué hasta la puerta de la reina Mercedes, viéndola abierta – la puerta – entré al parque decidido a disfrutar su encanto brujo en la más absoluta soledad cuando un crujido de ramas a mi espalda me hizo temer lo peor – no sé que diría Freud al respecto – y metí el turbo, no paré en 500 metros así que no puedo dar más detalles, pudo ser un can entrenado para asustar corredores solitarios, un asesino en serie haciendo horas extras, una ardilla de las pocas que han sobrevivido a los depredadores endémicos del parque (aves, gatos, carpas…), cualquiera sabe.
Dejé el parque no sin antes charlar un momento con el extrañado guarda del Florida Park “en cuanto salgan los empleados del restaurante encerraré a Doña Merche bajo siete llaves, a partir de ese momento si quisiera salir la única puerta disponible es la de la Cuesta Moyano, con su guarda jurado y su barrera”; el vigilante no había oído hablar de ningún asesino en serie reciente, lo que me hizo sospechar que pudiera ser él mismo justo de antes de notar un malévolo brillo en su mirada, puse pues los pies en polvorosa.
Llegué al carril bici de O’Donnell, no se oía una mosca ni tampoco se veía a nadie, parecía como si el clásico balompédico hubiera despejado las calles de ciudadanos libres por lo que afronté el carril ciclista como si fuera la calle 1 de una pista de atletismo, un kilómetro después llegué sano y salvo a Doctor Esquerdo para desde allí, una vez libre de temores infundados, dejarme caer plácidamente, saboreando la soledad, con un ojo atento al inexistente tráfico rodado y con el otro escudriñando cada esquina, hasta mi domicilio fiscal.
Eran las tantas cuando aliviado y sudoroso pulsé el telefonillo, de seguir la misma tónica la noche menos pensada tendré que hacerme una cenicienta, o sea media hora de un día seguida de otra media del siguiente siendo las doce el punto central de la sesión, recursos infinitos que permite el SR para mayor gloria de sus adeptos.







Qué intriga, madre mía!
Y qué largo eres con lo de la “cenicienta”. ¡Estudia más un hambriento que cien abogados!, ya lo dijo quien lo dijo…
Ya te digo, de todas formas en algo hay que ir pensando para distraerse y aprovechando la nocturnidad del momento ¿qué mejor que asesinos para echarte unas buenas series?